El universo de Palabras a los intelectuales.

Por: Fernando Rojas

www.eladversariocubano.wordpress.comEl mundo simbólico de varias generaciones de cubanos, de la mayoría de nosotros, es el que creó la Revolución. Esté en la isla o en el extranjero, cualquier cubano ha sido marcado por el cine de Santiago, de Titón y de Humberto, por la poesía, desde Fayad y Retamar hasta Silvio, por el pensamiento, desde Moreno Fraginals a Fernando Martínez Heredia, por la música de los Van Van, Chucho Valdés, Pablo, Santiaguito e Interactivo; y, sobre todo, por un tipo de sociabilidad nuevo, que nos acompaña ya varias décadas y que, aunque se mencione muy poco, es una de las más claras evidencias del cambio revolucionario. Los proyectos de las escuelas en el campo o de las movilizaciones masivas y las exitosas campañas internacionalistas, junto a la política educacional de pleno acceso y la abundancia de libros conformaron una lógica de las relaciones humanas basadas en la solidaridad, el colectivismo y el culto a la satisfacción espiritual.

La idea de la cultura como derecho y como oportunidad para todos está en el fundamento de las relaciones sociales construidas por la Revolución. Aún en las circunstancias actuales, en las que pueden confluir el incremento de las carencias materiales y el empobrecimiento del gusto estético, esa sociabilidad se deja ver, a veces de manera difusa, y a veces escandalosamente. La presencia de la religiosidad popular, esencial expresión de la identidad cubana, conecta significativamente con este tipo de relación entre los seres humanos.
De esto se trata “Palabras a los intelectuales”. Suele recordarse solamente la sentencia de Fidel que entró en la historia desde entonces, pero el texto y su contexto son mucho más.

Por supuesto la convocatoria a las reuniones de intelectuales en la primavera y el verano de 1961, obedeció a una coyuntura, por demás bastante fácil de superar, si sólo de eso de hubiera tratado. PM, la película de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal, que el ICAIC decidió no exhibir, es un filme intrascendente. Su fama se debe, precisamente, a las reuniones de intelectuales de mediados de 1961.
A Fidel le interesaba sobre todo, contrarrestar la inquietud que el suceso con PM había despertado en intelectuales de mucha más valía que los directores del filme.

A la vez, el Primer Ministro del Gobierno Revolucionario necesitaba zanjar esa cuestión para adentrarse en algo tan importante para él como la discusión sobre la censura y los límites a la creación; así, el discurso de Fidel tiene dos partes claramente identificables; pero la segunda casi ni se menciona.

De la parte conocida y divulgada se cita hasta la saciedad la célebre frase “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”. Se cita mal, confundiéndola a menudo, por distracción o a propósito, con una frase de Trotsky, -que no dice lo mismo- y sacándola del contexto, pues inmediatamente después Fidel se refiere a cuestiones de derecho, en la lógica de la tradición iluminista, en el sentido de la revolución como fuente de derecho, apartándose un tanto de la cuestión de la libertad de creación. Pero sobre todo, se omite todo lo que sigue sobre la relación de la Revolución con la libertad, que va mucho más allá de la creación meramente artística y literaria, y se refiere claramente a la actitud de la Revolución y su gobierno ante el pensamiento y la actividad creadora que le acompaña.

Fidel habla de que hay que garantizar condiciones de trabajo a los escritores no revolucionarios, insiste en que deben poder trabajar en y con la Revolución. Esta perspectiva inclusiva, en otra parte del texto, se extiende a los contrarrevolucionarios: la Revolución solo renuncia a los que sean incorregiblemente reaccionarios, a los que sean incorregiblemente contrarrevolucionarios. Es decir, se parte del criterio de que la posición contrarrevolucionaria puede ser coyuntural. Y, si de la creación se trata, ese aserto significa que sólo el proceso creador mismo y la circulación de la obra artística será el escenario en que se ventilen estas complejas cuestiones. La inclusión de todos, entonces, es la clave de las “Palabras.” Años más tarde Carlos Rafael Rodríguez dirá que “el que no está contra nosotros, está con nosotros” y afirmará que son preferibles las dificultades por el exceso de libertad que las que provienen de la falta de esta.

En rigor, los asuntos del contenido y la forma de la obra de arte no pueden resolverse esencialmente en el acto de creación. Es absurdo, aún en nombre de la Revolución, pretender no ya normar, sino incluso conocer lo que pasa por la cabeza del creador. La relación de las instituciones con los artistas y escritores arranca del apoyo irrestricto a la búsqueda creativa, a la experimentación y a la complejidad de la forma y el contenido. Cualquier influencia en la obra es posible sólo si las instituciones participan junto al artista y al escritor en el proceso creador, estrictamente en términos de igualdad y en ningún caso inquiriendo sobre la relación personal del creador con ese proceso. Es en el dominio de la promoción, a partir de las reacciones del público y la crítica en el que se vislumbra, por una serie de aproximaciones sucesivas, las perspectivas no sólo y no tanto ideológicas, sino de todo tipo en la naturaleza de la obra exhibida o publicada.

Al arribar a este punto, las instituciones de la cultura trabajan con el criterio de que todo lo valioso puede y debe ser promovido. Lo realmente importante es establecer los circuitos de promoción, tan diversos como diversas son las obras artísticas y literarias y su naturaleza, y los públicos que acceden a ellas, a quienes -a los públicos- se les supone capaces de apreciar el arte y directamente participativos más que consumidores estrictos. La exclusión se refiere sólo a “los incorregiblemente reaccionarios” y al mismo tiempo distingue entre la posición política del autor y la obra valiosa que puede y debe circular.

Saldada por el momento la cuestión de la libertad de creación, el líder de la Revolución pasa a explicar en extenso las ideas, discutidas previamente también con los artistas y escritores cubanos, sobre la promoción del arte y la literatura entre las grandes masas de la población. Las versiones manipuladoras de las “Palabras.” omiten completamente esta parte del texto.
Ya para entonces, Fidel ha lanzado el conocido apotegma sobre la libertad de pensamiento de todos los cubanos: “No le decimos al pueblo cree; le decimos lee”. En junio del 61 amplía ese criterio con la idea de multiplicar las posibilidades de las grandes masas de acceder al arte y la literatura, como complemento de aquella otra de hacer todo lo posible porque esas mismas masas estuvieran en mejores condiciones para comprender más y mejor las manifestaciones del arte y la literatura. Para emprender esta titánica tarea, esboza el concepto de la formación de instructores de arte, cuya misión fundamental estaría en detectar los talentos que ingresarían al entonces incipiente sistema de enseñanza artística, y “formar el gusto artístico y la afición cultural” de la población.

Se trataba, en primer término de garantizar el pleno acceso de la población a los bienes y servicios culturales, especialmente al libro. Hasta hoy, ese ha sido uno de los empeños principales de la Revolución y no se podrá cejar en él, frente a desviaciones burocráticas y concesiones mercantilistas.

Se estaban sentando las bases de dos vías de desarrollo de la cultura, inseparables una de la otra, que con el paso de los años se convertirían en procesos únicos, cuyos resultados no dejan de asombrar a quienes los conocen. Así, lo que comenzó con algunos proyectos locales y un par de academias en la capital, se fue ampliando y consolidando hasta convertirse en un sistema de enseñanza artística, que abarca los niveles elemental, medio y superior, y que se extiende por todo el país. Sus frutos más imperecederos están en la obra misma de los artistas e intelectuales con que contamos hoy en nuestro país, y cuya diversidad y calidad es reconocida en todo el mundo.

Pero a la vez, se comprendía desde ya, que sólo el acceso masivo al arte y la cultura lograrían la elevación de la espiritualidad, y por tanto, de la calidad de vida de la población. En años posteriores, se apostaría por el desarrollo del arte en las escuelas de todos los niveles de enseñanza, en los centros de trabajo con el apoyo de los sindicatos, y en la confluencia ulterior de programas especiales que abarcarían las prisiones, los discapacitados, y las zonas montañosas y de difícil acceso. El resultado más palpable de todo este proceso lo constituyó el fuerte y masivo movimiento de artistas aficionados, que en su mejor momento llegó a contar con más de un millón de miembros en todo el país, con muy altos niveles de calidad artística.

Se trata de todo un universo donde lo esencial es la práctica cultural masiva -bien desde lo apreciativo, bien desde la creación como aficionados- y la participación en procesos de desarrollo, que salvaguardan y promueven las manifestaciones y expresiones de la cultura popular. Universo que tiene en su centro el accionar de los instructores de arte, aquellos que en sus inicios actuaron de manera priorizada en granjas, cooperativas agrícolas, comunidades campesinas y grandes centros laborales, y que hoy tienen como esfera fundamental de actuación las escuelas, de todos los tipos y niveles de enseñanza, donde las manifestaciones artísticas forman parte de los programas curriculares. La labor del instructor de arte como educador del gusto estético, como formador de públicos, como promotor de la participación activa de la población en sus procesos culturales, abarca además la identificación, preservación y promoción del patrimonio cultural vivo, a partir del respeto a los procesos identitarios de carácter local y a sus disímiles formas de expresión, y constituye un paradigma en el desarrollo cultural de la nación.

A pesar de la plataforma estratégica que trazó Fidel para los intelectuales, hubo importantes desviaciones de esa política en los años 70, que algunos estudiosos han llamado Quinquenio Gris, y otros Decenio. Esas distorsiones provocaron daños significativos a una parte de los escritores y artistas. Las consecuencias de tales normas y sus secuelas de parametración en el teatro y de censura en la literatura, dejarían una huella duradera en la población, que se perdería por un buen tiempo una parte importante de la producción cultural de vanguardia. La cuestión, si bien fue resuelta en términos de definición de política en el Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba en 1975, se prolongó por más tiempo. Fue más sencillo rectificar el error programático en los documentos políticos que eliminar las prácticas asociadas a aquel.

Las rectificaciones, es bueno reiterarlo, han sido rotundas. No son iguales ni parecidas las experiencias de los errores en la política cultural de la Revolución Cubana y las políticas y prácticas del llamado “socialismo real”. La producción intelectual de aquellos años ha sido rescatada. Sus autores gozan de prestigio y reconocimiento. Las instituciones culturales dedican ingentes esfuerzos a promover a todo el que no fue publicado en aquella época y a estrenar las obras de teatro de esos años. El criterio prevaleciente es que toda la producción cultural cubana de valor, realizada en Cuba o fiera de ella, pertenece a la Revolución. Sostenemos que nos pertenecen Cabrera Infante, Lidia Cabrera y Reinaldo Arenas, entre muchos otros. A todos ellos se les ha publicado en Cuba, a pesar de las protestas desde el exterior. Defendemos el criterio de que se debe escuchar a Celia Cruz.

Una prueba importante para esta política fue el ascenso de importantes promociones de jóvenes escritores y artistas a finales de los años 80. Pocas veces resultó tan amenazado el capital simbólico de la Revolución, sin ella misma saberlo: se trataba de la amenaza a lo que de ella había absorbido una buena parte de sus mejores hijos. Una demostración de lo difícil que resultó superar el lastre de los 70 fue la incapacidad que manifestaron inicialmente las instituciones para relacionarse con esos jóvenes, -gran parte de los cuales conformaban las primeras promociones significativas del sistema de la enseñanza artística fundado por la Revolución-, que habían recibido todo el enorme caudal de conocimientos y herramientas consustanciales a la política cultural de “Palabras a los Intelectuales”.

Los desencuentros institucionales con esta importante hornada de creadores cubanos se expresaron en incomprensiones estéticas, en carencias de una legitimación reclamada con justicia a gritos por el propio nivel de las obras producidas y en una politización innecesaria de hechos artísticos y literarios de vanguardia. El saldo negativo más importante fue la salida del país de un grupo de esos jóvenes, en su mayoría artistas de la plástica. Sin embargo, hoy sus obras se exhiben en Cuba, son conocidas por el público y analizadas por la crítica, forman parte del patrimonio nacional y se muestran, por sólo citar un ejemplo, en las salas del Museo Nacional de Bellas Artes.

La conclusión más importante de este proceso es que a fines de los 80 y principios de los 90 se cancelan definitivamente las consecuencias para la promoción de la cultura cubana del llamado “quinquenio o decenio gris”. La capacidad que demostraron instituciones y creadores para difundir la obra de la generación intelectual de los 80, con independencia del credo ideo estético, del lastre de los recientes desencuentros y del lugar en que residieran los escritores y artistas, se consagró como parte de la política cultural. La promoción de la obra de cualquier joven artista o escritor cubano ha corrido desde entonces esa misma suerte. Como ya se ha afirmado por no pocos estudiosos y críticos, vivimos desde principios de los 90 una explosión creativa en todas las manifestaciones del arte y la literatura.

Los vestigios del pensamiento dogmático se atrincheraron en los sectores burocráticos, en un tipo de sensibilidad consustancial al funcionariado, más que en actos concretos contra la creación, que desde entonces ya resultaban imposibles. Se expresaron actitudes insensibles, propensas a promover lo mediocre y lo foráneo, refractarias a la influencia del mercado en el contexto de la crisis de los 90 y la penetración de aquel -por primera vez en muchos años- en la realidad económica cubana. Aquellos cambios de los 90, que hoy parecen a veces cosméticos ante las demandas de la realidad presente, fueron suficientes para generar nuevos tipos de desigualdades que reprodujeron lo peor de los prejuicios raciales de épocas anteriores y, frente a ellos un repuntar de las culturas y las creencias religiosas populares entre la masa de la población.

Para enfatizar el rechazo a cualquier tipo de dogma en la aplicación de la política cultural y en respuesta al intento de reivindicar a algunas personas responsables de los grandes errores de los 70, durante 2007 y 2008 las instituciones culturales y especialmente los escritores y artistas cubanos debatieron a fondo aquellas nefastas experiencias y sus consecuencias. Los resultados de ese debate son ampliamente conocidos. Se necesita que debates como ese se produzcan más a menudo y sin que estén dictados por razones coyunturales.

Los niveles educacionales y el acceso a la cultura alcanzados por los cubanos deberán preservarse y desarrollarse. La cultura es percibida como un derecho y esa percepción forma parte del legado revolucionario y del mundo simbólico de los cubanos de hoy, rico y digno, aún en la pobreza y amenazado por ella misma, por la insensibilidad burocrática, por el mercado y los modelos culturales hegemónicos a él asociados y por la contrarrevolución inescrupulosa e insaciable.

Habrá que preservar y enriquecer la cultura, además, porque de ella tendrá que nutrirse el imprescindible capital ideológico que sustente y enjuicie los cambios en curso. En la inevitable relación con el mercado, herramienta que el gobierno de la Revolución intenta usar contra las carencias de todo tipo, la actitud cultural ante el perseverante fetichismo de la mercancía será esencial para que aquel no nos consuma.

Los “incorregiblemente contrarrevolucionarios” son una exigua minoría, en Cuba y fuera de ella. Se puede pasar rápidamente por encima de la hilarante colección de referencias a la Cuba paralizada y miserable que nadie ve cuando la visita y de la masa opositora sólo existente en la prensa internacional. Se verá entonces que el aporte de estos “intelectuales” se reduce a pretender organizar manifestaciones callejeras, siempre fracasadas, en sintonía total con la lógica de la política norteamericana contra Cuba que pretende por la presión combinada del bloqueo, las campañas mediáticas y la relación “pueblo a pueblo”, hasta hoy desventajosa para esa política, crear un escenario más mediático que real de revuelta callejera, -como está de moda- que permita a los poderes constituidos y a las leyes norteamericanas establecidas organizar la intervención militar “humanitaria” contra Cuba.

Por supuesto, nada de esto es automático. No se trata del clásico agente de la CIA, embozado en una gabardina y armado de dos pistolas y cuatro cuchillos. Si así fuera, no haría ninguna falta dotar de un perfil “intelectual” a los alabarderos imperiales del presente. Se necesita que sean creíbles, que se comporten como voceros del cambio necesario. Sin embargo, cualquier lectura de sus cánticos demuestra fácilmente que son adversarios de cualquier cambio desde la Revolución y de su mundo simbólico en peligro. En su “obra” es evidente la satisfacción con los fracasos y las desgracias, camuflada por la profusión divulgativa de sus textos breves y elementales que se presentan por los medios controlados por las transnacionales como la verdad sobre Cuba.

Las mejores representaciones de la cultura y la Revolución, de uno y otro lado del quehacer político ineluctable, hace unos veinte años, ponían en solfa, desde cualquier signo ideológico, la relación entre lo nacional y lo revolucionario-socialista. La misma idea de Fidel de que en Cuba independencia, socialismo y Revolución están indisolublemente unidos fue cuestionada desde las múltiples orillas del pensamiento. Cuando la cuestión parecía zanjada, en tanto la Revolución venció la prueba de los 90, la crisis reciente y la apuesta decidida de Raúl por el cambio parecieron otra vez poner la misma cuestión sobre el tapete. Pero, -¿cosa extraña?- ya no resulta tan natural discutirla. En tanto en Cuba comienza a debatirse el reto que plantean a la cultura las transformaciones imprescindibles en la economía, en la inmensa mayoría de la producción intelectual de analistas y comunicadores en el extranjero y entre la minúscula contrarrevolución interna organizada, tanto la tradicional como la reformada, prevalece la idea del fracaso absoluto, le perspectiva de no dar el menor chance al gobierno de Raúl.

Una vez más nos encontramos ante un gigantesco desafío cultural, que compartimos con el mundo conocido y especialmente con los pobres de la tierra. Ahora, en medio de la crisis y en el inédito escenario de las extraordinarias tecnologías de la comunicación. La política cultural de la Revolución, las ideas de Palabras a los intelectuales, enriquecidas por una práctica de decenios y prevenidas contra la repetición de los errores de antaño, conservan vigencia. Para los tiempos que corren, nada mejor que una sentencia reciente de Fidel:
“Lo mejor de la cultura y los conocimientos deberá universalizarse y las identidades nacionales, el arte, las costumbres, hábitos, creencias, incluidos los dialectos de la más pequeña comunidad, frutos todos del talento y el trabajo laborioso de cada pueblo, han de preservarse como los más valiosos tesoros de la humanidad”.

tomado de La Isla Desconocida

Acerca de Raúl Antonio Capote

El adversario cubano, comprometido con la verdad, la justicia y mi patria grande.

Publicado el noviembre 9, 2012 en Crónicas, Guerra Cultural y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. 8 comentarios.

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