Coca Cola, el bikini y operación“Okopera”

Por: Jorge Wejebe Cobo.
El control de la mente humana fue una obsesión y, a su vez, un rotundo fracaso de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), a pesar de constituir el objetivo durante 20 años de la Operción MK Ultra mediante la cual implantaron en el cerebro de personas -cual conejillos de Indias- receptores de radio por donde suponían que recibirían las órdenes para actuar de acuerdo con los intereses estadounidenses.
Paradójicamente, solo pudieron acercarse a esos resultados al sembrar valores al estilo norteamericano en la conciencia de millones de seres humanos, sin necesidad de abrirles el cráneo, utilizando métodos de guerra cultural y sicológica.
Allen Dulles, director de la CIA, desde 1953 y hasta 1961, al tiempo que dio luz verde a MK Ultra y organizó los golpes de Estado de Irán y Guatemala, concibió la cultura como escenario de guerra sicológica a largo plazo en el destruido Viejo Continente de pos guerra y dirigió la operación “Okopera” en 1953, en la que el arte y la literatura se convirtieron en armas efectivas en la lucha contra la URSS y sus aliados de Europa oriental.
Pero adjudicar el mérito a la CIA de prefigurar las futuras contiendas por la mente de los hombres en el campo cultural, sería erróneo, ya en la década de 1930 Antonio Gramsci, marxista italiano profetizó desde la cárcel bajo el régimen de Mussolini,  que las nuevas guerras se ganarían en el campo intelectual, en la cultura y las ideas, lo cual no paso inadvertido a los teóricos de la inteligencia norteamericana, iniciadores de la Guerra Fría y muchos de ellos desertores del marxismo y la izquierda desde los propios años 30.
Para la época, toda una generación de europeos sobrevivientes de la II Guerra Mundial deambulaban entre sus ciudades destruidas, viviendo en extrema precariedad, pero sin perder su sentido de eurocentrismo cultural al considerar a los bonachones soldados norteamericanos de ocupación que repartían latas de conservas a los hambrientos,- representantes de la nación más poderosa, de nuevos ricos carentes de fuertes raíces culturales y su modo de vida se veía  desprovista de espiritualidad de la cultura clásica del Viejo Continente.
La URSS y los partidos comunistas europeos emergieron de la guerra con una bien ganada reputación y simpatía entre el pueblo y la intelectualidad por haber aportado el esfuerzo principal para la derrota del fascismo y encabezar en sus pueblos la resistencia.
Estandarizar y divulgar en toda Europa la cultura y modo de vida norteamericanos y demoler la simpatía por el ideal socialista fueron las primeras tareas de la CIA, para lo cual oficiales de la Agencia asumieron el papel de productores, de directivos culturales y con los bolsillos llenos de dólares llevaron a las mejores orquestas sinfónicas de EEUU, cantantes y artistas de gira por Alemania Occidental, Italia y demás países,, lo cual tomó un impulso decisivo cuando se liberaron millones de dólares del Plan Marshall para la reconstrucción europea destinados a esos fines.
La Coca Cola no tardó en extenderse como bebida preferente en la Alemania ocupada por los aliados occidentales, gracias a una gran campaña publicitaria  y las medias de nylon, lencerías femeninas y los famosos bikinis importadas de EEUU, hicieron furor entre, las jóvenes europeas como símbolos de la pintoresca modernidad y cultura norteamericanas que tocaba a sus puertas.
La otra cara de la moneda
Pero la estrategia norteamericana no fue solamente una política de terciopelo cultural  completada por  el marketing de los bienes de  consumo  para encantar a la Europa en  crisis. También se recurrió a métodos no tan blandos para mantener sus  intereses  en el Viejo Continente.
Era necesario salvaguardar, por ejemplo en Alemania Occidental, un gobierno decididamente anti comunista y en 1956 fue nombrado el general nazi Reinhard Gehlen -ascendido por Hitler en 1944-, como primer jefe de los servicios de inteligencia de la República Federal Alemana. En ese año también se ilegalizó el Partido Comunista en ese país y desde 1951 el 66 por ciento de los funcionarios dirigentes del Ministerio Federal de Relaciones Exteriores fueron ex militantes del partido nazi. Además, se promulgaron leyes para la persecución, expulsión de sus trabajos y represión a los ciudadanos con ideas izquierdistas .
También en estados miembros de la OTAN se organizaron células  terroristas denominadas redes Gladio, compuestas por ex nazis y elementos anti comunistas vinculados a los servicios de seguridad del ese bloque militar que tendrían la misión de liquidar cualquier movimiento popular principalmente comunista si llegaran al poder o se producía una guerra con la URSS. Ellos fueron responsables de centenares de hechos terroristas hasta la década de 1980, principalmente en Italia donde perseguían desestabilizar al país y hacer imposible cualquier avance y acuerdo del Partido Comunista de esa nación con otras fuerzas .tradicionales, lo cual fue reconocido por el gobierno italiano en 1990.
Ese era el contexto, no siempre relacionado suficientemente por los investigadores , como la otra cara de la moneda de la guerra cultural que paralelamente llevaba adelante la CIA en Europa desde el final de la guerra hasta los años de 1980.
En su campaña ideológica, además, los norteamericanos se beneficiaron de una ayuda involuntaria, por la aplicación en la URSS y sus aliados europeos de una política presidida por una concepción estética excluyente y única del llamado Realismo Socialista, que reducía la creación artística y literaria a ser ilustradores de la política, impuesta a la intelectualidad con entusiasmo por José Stalin y sus colaboradores desde los años de 1930 y que pervivió con cambios hasta la desaparición del socialismo europeo.
Entonces solo le quedaba a los planificadores de la CIA, lograr el liderazgo de las concepciones estéticas e ideológicas excluidas en el campo comunista y utilizar artistas e intelectuales, descontentos con el realismo socialista. Supuestamente  enarbolando la bandera de la libertad de creación y del arte por el arte, los imaginativos manipuladores de la Agencia se aprestaron a una ofensiva cultural en toda línea
La obsolescencia programada de un congreso.
En 1950 se fundó la institución madre de una tupida madeja de tapaderas culturales de la operación “Okopera”, el Congreso de la Libertad Cultural, dirigido por Michael Josselson. un cuarentón agente de operaciones encubiertas e intelectual lituano, muy resentido por la ocupación de su país por los soviéticos en 1940.
Además, se establecieron sucursales del congreso en 35 países, contrataron, compraron o reclutaron a miles de personas, incluyendo artistas, intelectuales y periodistas para organizar, casas editoras, conferencias, exposiciones de arte, publicaron artículos de opinión en decenas de revistas y formaron su propio servicio informativo para replicar en formato cultural los intereses geopolíticos de EE.UU.
Sin mayores problemas, las principales instituciones norteamericanas mecenas del arte y la cultura como la Fundaciones Ford, Rockefeller, el Museo de Arte Moderno de New York, (MOMA) y otros, colaboraron con dedicación a los planes de la CIA.
También se consolidó un sistema de premios en metálico, de becas y se utilizaron a intelectuales conscientes o no, para la manipulación de ideas dirigidas a un fin único: lograr la hegemonía cultural e ideológica de los intereses norteamericanos en los principales circuitos de arte y de ideas para contrarrestar el socialismo y los movimientos progresistas en todo el mundo.
En esta gran red de influencia extendida por más de 20 años cayeron intelectuales liberales y  críticos con la política soviética, algunos lejos de los postulados de la extrema derecha, quienes fueron calificados como la “ izquierda anti soviética” por la CIA, pero que fueron muy útiles en sus planes.
Entre ellos figuraron George Orwell, Irving Kristol, Melvian Lasky, Isaiah Berlin, Stephen Spender, Sydney Hook, Daniel Bell, Dwight MacDonald, Robert Lowell, Hannah Arendt, Mary McCarthy, y muchos otros en los Estados Unidos y Europa.
Pero para 1967 el retablo de tan gigantesca operación se resintió. Los EE.UU con su intervención en Viet Nam, la invasión de Playa Girón y el cambio de situación en América Latina que trajo la Revolución cubana y un movimiento anti belicista que junto a los conflictos raciales de la década de 1960, puso en peligro al propio sistema de valores  democráticos de la sociedad norteamericana
La crisis la completó los asesinatos del Presidente John F.Kennedy, del líder negro Martin Luther King y posteriomente de Robert Kennedy, Fiscal General en 1968, lo que tuvo que atiborrar de desencanto a una base de intelectuales liberales que vieron entonces la cercanía  con la CIA como algo embarazoso y comenzaron las filtraciones a la prensa.
En 1966 y 1967,  la revista norteamericana  Ramparts, acusada por los servicios secretos por presunta vinculación con el comunismo y en el diario New York Times se publicaron artículos e investigaciones respecto a varias organizaciones patrocinadas por la CIA, como la revista Encounter del Congreso pro Libertad Cultural, con lo cual quedó evidenciado que la agencia pagaba desde hacía más de 30 años todo ese proyecto  y salieron a la luz pública nombres de intelectuales vinculados a esa operación. Era lo único que faltaba para la desbandada final de muchos colaboradores del proyecto.
También en 1967 el Presidente Lyndon Jonhson nombró una comisión para investigar esas acciones de la CIA, dirigido por el subsecretario de estado Nicholas Katzenbach, quien concluyó  que “ninguna agencia federal proporcione asistencia o ayuda financiera encubierta directa o indirecta a ninguna de las organizaciones  educativas y privadas, sin ánimo de lucro”.
Dicha prohibición fue papel mojado para la CIA. En 1975 según el resultado del Comité Especial sobre Actividades Gubernamentales de Inteligencia que volvió investigar a la Agencia y al FBI  encontró pruebas documentales de que esas relaciones se mantuvieron.
Sin embargo, la Operación “Okopera”, y su creación el Congreso de la Libertad Cultural había cumplido con creces sus objetivos y su final puede considerarse una obsolescencia programada, como las aplicadas a los productos diseñados para un tiempo determinado de uso, pero concebida especialmente en la línea de producción de estrategias de los «tanques pensantes» de la comunidad de inteligencia estadounidense.
Para la década de 1960 Europa Occidental era un aliado seguro de la política norteamericana y su hegemonía ideológica y cultural era incuestionable en el Viejo Continente, donde ya se exhibían más films de Hollywood que de otros países. También salieron indemnes las instituciones culturales denunciadas por ser tapaderas de la CIA, como las Fundaciones Ford, Rockefeller, el Museo de Arte Moderno de New York (MOMA) y a más de 20 años de la desaparición de la URSS ese incidente se ve como una honrosa contribución para la destrucción del socialismo europeo
Durante los años de funcionamiento del congreso se multiplicaron las instituciones cubiertas de la CIA que alejaron a los espías del trabajo directo en el terreno y en la actualidad debe ser un rareza encontrar a un oficial de esa Agencia como en los viejos tiempos, sacando el dinero del bolsillo para sufragar las campañas culturales como la hicieron en la destruida Europa de pos guerra.
Pero todo ese arsenal de subversión heredada de la Guerra Fría no fue desechada después que la bandera de la hoz y el martillo se arrió del Kremlin  en 1991 y hoy conforma las bases renovadas de la guerra cultural contra los países  revolucionarios y progresistas,  por medio de la globalización mediática en la red que hace aparecer un esfuerzo artesanal la operación “Okopera” del ya lejano año de 1950.
Tomado de: Cuba es Surtidor

La lista de Orwell.

La filmación y distribución de Rebelión en la granja (Animal farm) estuvo totalmente orientada por la CIA. Primero, con la gestión que acometieron los agentes Carleton Alsop y Finis Farr, cumpliendo orientaciones de su superior E. Howard Hunt,

Por: Jorge Ángel Hernández
El afamado escritor británico George Orwell, autor de la igualmente célebre novela 1984, se empleaba de lleno y con conocimiento de causa en el entramado de la Guerra Fría cultural. Desempeñaba su papel de colaborador activo de la CIA, sobre todo a través del intelectual agente Arthur Koestler, con quien bromeaba calculando el grado de traición que podrían alcanzar las “bestias negras favoritas” de su lista de denuncias. En su meticuloso diario, Orwell compiló los nombres de treinta y cinco personas en 1949, pero engrosó rápidamente el número en ese mismo año, hasta llegar a 125 sospechosos de simpatizar con el comunismo o de colaborar con él directamente. La abultada lista sería entregada por él mismo al Departamento de Investigación de la Información (IRD, por sus siglas en inglés).

George Orwell

Orwell denunciaría así a quien se consideraba su amigo, el poeta Stephen Spender, por su “tendencia a la homosexualidad” y por ser “muy poco fiable” y “fácilmente influenciable”.  El célebre e incluso autor superior a él mismo, John Steinbeck, fue incluido en su nómina de bestias negras por considerarlo “espurio, pseudoingenuo”, y asimismo Upton Sinclair, apenas por calificarlo de “muy tonto”. El político y periodista panafricanista George Padmore, radicado en Londres luego de haber abandonado el comunismo soviético, pasa a su lista por “antiblanco” y probable amante de Nancy Cunard.

Kingsley Martir, director del New Statesman and Nation, donde Orwell publicaba, quedaría en su lista como “liberal degenerado. Muy deshonesto”. El intelectual, actor y cantante negro Paul Robeson también fue víctima de sus acusaciones por ser muy “antiblanco, partidario de Wallace”, y J. B. Prestley por “simpatizante convencido”, “muy antiamericano” y con posible vínculo organizativo con el anticomunismo. Michael Redgrave, quien aparecería después en el filme 1984, también quedaría enlistado por el paranoico colaborador de la CIA. A esas alturas, Orwell sabía que lo aquejaba una tuberculosis que no había respondido favorablemente al tratamiento especial que desde los Estados Unidos le enviaran. Pronto, la enfermedad lo llevaría a lo que, con despiadado humor negro, Mary McCarthy consideraría, por la fuerza del giro a la derecha de sus últimos actos, una feliz muerte prematura.

Coincidiendo en el tiempo con la lista de Orwell, organizaciones racistas de los Estados Unidos boicotearon conciertos de Paul Robeson, quien, a pesar del peligro que corría, se negó a refugiarse en la Unión Soviética, donde, según declaró públicamente, se sintió verdaderamente tratado como una persona. Sus motivos respondían a un patriotismo vital: consideraba un deber heredado reconstruir su país.

La filmación y distribución de Rebelión en la granja (Animal farm) estuvo totalmente orientada por la CIA. Primero, con la gestión que acometieron los agentes Carleton Alsop y Finis Farr, cumpliendo orientaciones de su superior E. Howard Hunt, de conseguir los derechos a través de la viuda, Sonia Brownell, con quien Orwell se había casado en 1949, en el hospital donde se hallaba ingresado. El propio Hunt revela en detalles las gestiones en sus Memorias, publicadas en 1974.

Las más famosas novelas, Rebelión en la granja (Animal farm) y 1984 no fueron sino parte de su plan de trabajo como colaborador del IRD. Cada una cumple a cabalidad las normas de comunicación de requisito, así como la dirección de contenido que establecía al socialismo como un experimento fallido. Si bien en ambas es posible hallar referencias al entorno británico inmediato, que el público podía relacionar y disfrutar sin demasiado esfuerzo, muchas de las cuales fueron suprimidas en las respectivas versiones cinematográficas, el superobjetivo de ambas obras se enfoca en el anticomunismo. En ninguna de ellas da paso a la más mínima esperanza.

Arthur Koestler, artífice de las nuevas direcciones de guerra fría que el IRD alentaba, recibió en su círculo a George Orwell desde 1940. Los propósitos del Departamento estaban enfocados justamente en atraer a los rebeldes de tradición izquierdista que se habían declarado en contra del poder central socialista. El uso de desertores y descontentos liberales era objetivo central de su política, aunque muchos de ellos no fuesen avisados de que el financiamiento de sus obras procedía de la CIA. El propio Koestler, quien venía de Hungría y de un periplo comunista activo, se lanzaría al objetivo con la novela El cero y el infinito (Darkness at Noon), centrada en los excesos de los llamados procesos de Moscú.

El biógrafo autorizado de George Orwell, Bernard Crick, lo consideraba “un hombre profundamente reservado, austero, sencillo, y en cierto modo, inhibido.”  Visto así, pueden tratarse de rasgos de personalidad común, incluso estos que añade: “Es de dudarse que tuviera amigos íntimos con los que pudiera desahogarse y discutir problemas y dificultades”. Sabidas sus aventuras de colaboración con Koestler, estas características adquieren un matiz diferente, que bien remiten al comportamiento del espía con objetivos definidos.

“Hablaba con sus amigos sobre cuestiones de carácter público: libros, política y rarezas de la historia natural o de la vida urbana –agrega Crick–. Podía disertar incansablemente sobre pájaros, y Cyril Connolly, maliciosamente, comentó una vez que Orwell difícilmente podía sonarse la nariz sin sospechar y denunciar un cartel de los fabricantes de pañuelos”. Su radio de acción se extendía a varios círculos de relaciones, como lo revela el propio Crick: “Tenía diversos círculos de amigos y conocidos: poetas bohemios pobres y aspirantes a novelistas en los pubs de Bloomsbury, la elegante camarilla de las revistas literarias, en la que figuraban Connolly y Spender, los periodistas de Tribuney una variada fauna de activistas de izquierda, algunos anarquistas británicos relacionados con Freedom Press y la librería, y su viejo círculo de Southwold”.

Spender figuraría en la lista, lo que demuestra que ese hombre, reservado y austero, desarrollaba una plena habilidad de atraer a las personas, fingir amistad y sonsacarles sus criterios para, como planteaba el objetivo del IRD, sacarlos primero de las publicaciones y denunciarlos y juzgarlos una vez que se les comprobaran vínculos reales con organizaciones o personas comunistas. Horizon, de Cyril Connolly fue la primera de las revistas en desaparecer por falta de financiamiento en 1950.  Agrega incluso Crick que, en general, Orwell “mantenía separados estos mundos y quizás era anormalmente reservado acerca de a quienes conocía y a quienes no pero, ocasionalmente, podían coincidir en su piso para un té de las cinco (al que era muy aficionado)”.

La compartimentación de amistades y relaciones de trabajo es algo natural en el medio, desde luego, y servía a su verdadero objetivo de hacer de vigilante, lo que cumplió cabalmente con su lista a menos de un año de su muerte. La compartimentación es, por demás, un requisito indispensable para el espionaje. Si hay, como lo han advertido algunos críticos posteriores, desgarramiento en estas novelas, se debe sobre todo a que Orwell cumplía parte de las funciones que se satirizan en ellas: denunciaba a quienes diferían en criterios políticos, excluía a los homosexuales y camuflaba su racismo con acusaciones de extremismo activista.

El propietario editorial Fredric Warburg, quien publicara Animal farm, con Secker & Warburg, se tomaría activo interés en su posterior producción cinematográfica, completamente financiada por la CIA y, por tanto, con un guión minuciosamente revisado por el Consejo de Estrategia Psicológica (Psychological Strategy Board), programa secreto aprobado por el presidente Truman para llevar a cabo la guerra sicológica con el bloque socialista. Este proceso de revisión provocó cambios sustanciales en sus perspectivas ideológicas y, sobre todo, en los giros simbólicos que actuaban en los patrones de juicio de la masa. Secker & Warburg sería, además, uno de los elementos del llamado “triple pase” de tapadera para el financiamiento de la revista Encounter, que editaría el supuestamente peligroso Stephen Spender.

Orwell, quien falleció en la noche del 21 de junio de 1950, dejó inconcluso, apenas esbozado, un proyecto de novela en tres volúmenes cuyo tema era la decadencia del viejo orden, la revolución traicionada y el análisis del totalitarismo inglés. Así, continuaría siendo fiel al objetivo del IRD y buscaría, con la fama de apoyo, elevar el nivel de sus propuestas literarias por encima de la trilogía de preguerra. Pero este proyecto no consiguió abultarse, ni siquiera al punto que lo hiciera su primera lista de bestias negras anticomunistas.

Tomado de: La Pupila Insomne

(Cubaliteraria)

Origen: (1) La lista de Orwell. Por Jorge Ángel Hernández ‹ Lector — WordPress.com

El control de las mentes

Todos los días, durante las 24 horas, hay un ejército invisible que apunta a tu cerebro: no utiliza tanques, aviones ni misiles, sino información direccionada y manipulada por medio de imágenes y titulares. No lo sabes, ni siquiera lo sospechas, pero estás metido dentro de una guerra. Invisible, cruenta, devastadora, silenciosa, que todos los días te convierte en víctima y en victimario de un sistema que ya no necesita matar físicamente para dominar.

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Abel Prieto habla de populismos y otros chupis

por Vladia Rubio

(TOMADO DE http://www.cubasi.cu)

El ciberespacio se estuvo caldeando por estos días a ritmo de reguetón. Pronunciamientos televisivos, artículos, comentarios, correos electrónicos… se han ido acumulando, sobre todo en torno al llevado y traído Chupi-Chupi, acerca del que sentí la necesidad de opinar desde el pasado junio, cuando todavía era una voz solita en la red.

Pero, aunque ese video clip ha sido el ejemplo más a mano, lo que importa no es un número en particular, sino lo que simboliza e implica su difusión por los medios masivos. Por eso, cuando el ministro de Cultura Abel Prieto comentó durante la clausura este miércoles del Taller Internacional sobre redes sociales, acerca de la importancia de no adoptar posturas elitistas, que pudieran significar una barrera para sumar voluntades en los empeños por un mundo mejor, decidí interrogarlo al final de su discurso.

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